Del archivo de mi antigua web rusa. Edición para esta web.
Cuando el mundo interior se proyecta hacia fuera
La proyección consiste en colocar fuera de nosotros un contenido de nuestro mundo interior y atribuirlo al mundo externo.
Así podemos entrar en una especie de país de los espejos de nuestra propia vida interna sin darnos cuenta. Estamos entre personas, pero no las vemos; conversamos, pero no las escuchamos. Nuestra realidad subjetiva ocupa todo el espacio y no advertimos que lo hace.
¿Qué podemos proyectar? Percepciones, sentimientos, pensamientos, valores y planes.
Por ejemplo: todo el mundo me parece enfadado, pero quizá no reconozco mi propia rabia o agresividad y la atribuyo a los demás. Las personas me parecen sospechosas, avaras, envidiosas, corruptas o aduladoras; o, al contrario, buenas, encantadoras e intachables. Las proyecciones pueden tener mucha fuerza. A veces reflejan algo de nuestro mundo interno. Siento que alguien se ha ofendido conmigo, pero quizá lo que siento es culpa por algo que hice. Me parece que me juzgan y, tal vez, estoy sintiendo vergüenza.
En la proyección, una persona atribuye a otros características propias que le cuesta aceptar y así se protege de reconocerlas en sí misma. Este mecanismo también puede servir para justificar sus actos.
Por ejemplo, acuso a alguien de ser frío conmigo o de causar mis dificultades laborales o personales. Al culparlo, puedo estar esperando que asuma una responsabilidad que yo no estoy asumiendo. Cuando atribuyo ciertas cualidades a otras personas, quizá me protejo de reconocerlas en mí.
La proyección puede funcionar como una defensa: permite considerar ajenos ciertos contenidos propios que no aceptamos —sentimientos, deseos, motivos o ideas— y evitar sentir responsabilidad por ellos. Una consecuencia puede ser querer corregir o apartar a la persona sobre la que hemos proyectado algo negativo, para librarnos de los sentimientos que creemos que «nos provoca». Sin embargo, esa persona puede tener poco que ver con lo que le hemos atribuido.
Otro ejemplo: «Nadie es mi amigo, nadie me quiere, nadie me escucha ni me ve». Al explorar estas frases, a veces aparece algo de nuestro mundo interior: «No me escucho y tampoco escucho a los demás; no me valoro ni los valoro, aunque pueda necesitarlos; no noto a nadie, no me acerco con amor». Es una posibilidad para investigar, no una conclusión automática sobre quien se siente solo.
Ninguna persona está completamente libre de proyecciones. Cuanto más alejamos de nosotros una parte de nuestra experiencia, la atribuimos a otro y nos negamos a reconocerla como propia, más rígida y dañina puede volverse esa proyección.
La metáfora del espejo me ayuda a hablar de este tema: a veces, lo que más nos toca en otra persona nos dice algo sobre nuestro propio mundo. Pero el otro no se reduce a nuestro reflejo. Y este viaje puede convertirse en un recorrido por un reino de espejos deformantes.
Pistas para reconocer una proyección
- Hay muchas valoraciones, interpretaciones y juicios sobre lo que otras personas piensan, hacen, sienten, valoran o viven.
- Hacemos muchas suposiciones sobre lo que piensan o sienten acerca de nosotros.
- Predecimos con frecuencia cómo se comportarán.
- Falta información: cuanto menos sabemos de algo, más fácil resulta llenar los huecos con nuestras proyecciones.
Cómo explorar nuestras proyecciones
Aprender a reconocer lo que sentimos
Podemos empezar desarrollando la capacidad de observar nuestros sentimientos. Reconocer nuestras emociones ayuda a distinguir lo que sentimos y pensamos nosotros de lo que sabemos realmente sobre otra persona.
Recuperar lo que hemos colocado fuera
Si decimos «Nadie me quiere, nadie me valora, nadie me necesita», puede ser útil preguntar: ¿Cómo lo sé? ¿Quién me lo ha dicho? ¿Qué sentí o vi? ¿En quién? ¿Qué señales me llevaron a esa conclusión?
Quizá esto nos permita detenernos y reconocer: «A lo mejor he exagerado al decir todo el mundo». Entonces, ¿de quién hablo exactamente? Una vez identificadas esas personas, podemos preguntarles directamente cómo se relacionan con nosotros o qué sienten.
¿A quién quiero yo? ¿A quién valoro? ¿Estoy seguro de que esas personas no me quieren ni me valoran? ¿Me quiero y me valoro a mí mismo?
Si he concluido que a nadie le importo, puedo preguntarme: ¿Cómo vivo esto? ¿Qué siento? Tal vez la respuesta sea: «Me duele, me entristece».
¿Siento la misma indiferencia por parte de todos? ¿De quién me duele especialmente? ¿Qué relación me importa y cuál podría dejar pasar? Si aparece una persona importante, podemos actuar en esa dirección. Podemos decirle que nos duele sentirnos indiferentes para ella o que nos importa nuestra relación. Se abre así la posibilidad de aclararla, aunque no conocemos de antemano su respuesta.
Probar a hablar en primera persona
Otra exploración consiste en cambiar provisionalmente una frase: en vez de «Tú no quieres verme», probar «Yo no quiero verte»; en vez de «Seguramente te cuesta estar conmigo», probar «Quizá me cuesta estar contigo, o conmigo mismo». Después podemos preguntar si hay alguna parte de verdad en esa frase. No se trata de sustituir un hecho por una acusación hacia nosotros mismos, sino de explorar una posibilidad.
Ver con más claridad sin negar la realidad
Este tema importa porque puede ayudarnos a ver el mundo con más claridad. Recupero mis proyecciones aclarando situaciones y trabajando con los temas que me duelen. Pueden señalar lugares de trabajo interior y posibilidades de desarrollo.
Reconocerlas puede resultar incómodo, pero también nos permite asumir responsabilidad por nuestra vida. Cuando vemos con más claridad dónde estamos y qué sucede, es más fácil decidir hacia dónde queremos movernos.
Al mismo tiempo, es fundamental distinguir las suposiciones propias de los actos reales de otra persona. Si alguien te humilla, te engaña o vulnera tus límites, eso no se puede explicar automáticamente como tu proyección. Explorar la experiencia interior sirve para aclarar la realidad, no para anularla.